El impostor en la cooltura

Cuando me enteré de la existencia de Tommaso Debenedetti, hace casi un año, el tipo me pareció genial: un periodista que dedicó un buen tiempo de su vida a publicar entrevistas apócrifas, en las que famosos artistas hablaban desproporcionadamente de cuantos temas les pusieran en la mesa. Así fue, según decía la nota, durante cuatro años,  hasta que en 2010 alguien le pidió a Philip Roth que explicara sus declaraciones para el diario italiano Libero, en las que se expresaba insatisfecho con el trabajo de Obama. El escritor negó todo y comenzó a investigar (es decir, buscó en google) qué otras entrevistas había publicado el periodista. Le preguntó a Toni Morrison si conocía al italiano. Le preguntó a Nadine Gordimer, a Scott Turrow, a Naipaul, a John Grishman, a Herta Müller. Nadie lo conocía, pero todos se molestaron al descubrir que sus opiniones en realidad no le importan a nadie que habían sido víctimas de un impostor, que había puesto en su boca desatinados comentarios llenos de incorrección política y actualidad, lo que  tendría sin duda un impacto social inconmensurable.

Total, que me cayó bien, el italiano, y pensé que su historia era digna de un lugar en La sinagoga de los iconoclastas, libro en el que Juan Rodolfo Wilcock hace homenaje a admirados telépatas, macabros utopistas, científicos enrevesados, etc. Luego todo se me olvidó hasta que hace un par de semanas esta otra nota me hizo recordar con asco la misma historia, porque la nueva travesura de Debenedetti ha sido usurpar la identidad de Vargas Llosa, abrir una cuenta en facebook y discutir con los opositores a su presencia en la Feria del Libro de Buenos Aires. Cuando leí que él mismo había confesado el chascarrillo, que prometió seguir haciéndolo y que además con esto intentaba dar una lección moral (“os invito a reflexionar sobre los riesgos que comporta este gran medio que es Internet y Facebook en particular”), la admiración se convirtió en vergüenza ajena, porque:

A) Una búsqueda rápida en facebook ofrece por lo menos una docena de usurpadores de Mario Vargas Llosa. Ninguno de ellos ha salido en los diarios porque, sencillamente, da igual. Ahí no hay historia.

B) En donde sí hay historia, el impostor tiene bastante más amor propio. O dignidad. Si Tom Ripley se apresurara a publicar su verdadera identidad, nadie podría leer hoy  los cinco tomos de la saga de Patricia Highsmith; Ripley es un asesino que se toma en serio. Si alguien conociera las verdaderas razones del astrólogo, ninguno de los personajes de Los siete locos se habría unido a la revolución, y él no se habría convertido en “uno de los personajes más potentes alguna vez creados por la literatura argentina” (eso dice Wikipedia).  ¿De qué se trataría El hombre que fue jueves si todos supiéramos quién es Domingo?

C) Cuando no hay amor propio o dignidad también puede haber historia, pero entonces el impostor tiene que estar loco. Este es el caso de “El impostor inverosímil Tom Castro”, narración que Borges incluyó en su Historia Universal de la Infamia. El asunto es así: Arthur Orton, alias Tom Castro, anda necesitado de dinero. Su fiel amigo le sugiere que se haga pasar por un inglés que naufragó en las costas de chile y cuya madre está desesperadamente buscando. Entre Arthur Orton (alias Tom Castro) y Sir Roger Tichborne no hay ningún parecido. Uno es gordo, ignorante, malhablado y rústico; el otro, delgado y atlético, educado, culto, elegante. En resumen, una locura que acaba en juicio, con los familiares del verdadero Sir Roger acusando al usurpador, y sus acreedores dispuestos a reconocerlo como el verdadero Sir Roger con tal de que pague sus deudas.

Hasta el final, Arthur Orton, alias Tom Castro, alias Sir Roger Tichborne insistió en su versión. Ahí hay historia, porque basta ver la imagen para descubrir lo desequilibrado que debía estar.

La historia de Arthur Orton, la verdadera, vale tanto la pena que el capítulo dos de la novena temporada de Los Simpsons le rinde homenaje, cuando el verdadero Seymour Skinner vuelve a Springfield. Y cuando digo Los Simpsons es porque estoy  hablando de canon.

El problema con Debedenetti no es solamente que sea él quien, por voluntad propia, descubra sus máscaras, sino que además de evidenciar su falta de comprensión sobre lo que hace falta para ser protagonista, vista su circo con moralejas de gusto dudoso. Además de su desesperada necesidad de fama, lo que el italiano demuestra es cobardía. Para ser impostor, lo que hace falta es coraje.

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